«El bus», relato de María Victoria Andradas Alcázar
El autobús iba medio vacío. Ella se había sentado una fila más adelante, junto al ventanal del otro lado del pasillo. Dejó la mochila en el asiento contiguo, y se acomodó echándose hacia atrás, con las piernas estiradas. Puede que no fuera la chica más guapa, más buena, más lista y más rica del mundo; pero a él le gustaba por encima de todas las cosas. Lo volvía loco. El viaje de la capital al pueblo duraba una hora larga, así que tenía tiempo de sobra para embriagarse de ella. Se apoyó entre el cristal y el respaldo para poder observarla con disimulo, y puso sus cosas en el otro asiento.
Casi todos los viajeros estaban acostumbrados al trayecto y se quedaron dormidos unos minutos después de la partida. La joven barrió con la mirada los asientos de delante y miró de reojo. Él tuvo el tiempo justo para hacerse el dormido.
– Unos segundos. Sólo unos segundos -pensó con los ojos cerrados.
No podía dejar de mirarla, no podía perderse nada de lo que hacía.
La chica cambió de postura con naturalidad. Se irguió sin separar mucho el culo del borde del asiento, y puso los brazos sobre el respaldo del asiento libre de delante. Con ese gesto, la blusa sin mangas dejaba ver que no llevaba sujetador; pero parecía no importarle. Como tampoco parecía importarle que el pantalón vaquero le apretara entre los muslos y el vientre. Ella estaba a lo suyo, mientras él no se perdía un detalle de sus delicadas maniobras. Con movimientos precisos casi imperceptibles, buscó la situación deseada en el asiento, y cuando la encontró, hizo un leve gesto de satisfacción. Luego echó la cabeza sobre un brazo y cerró los ojos. Era una postura muy rara para dormir. Con las irregularidades de la carretera vibraban sus pechos, pequeños y prietos; pero lo más interesante era su rostro relajado, indudable indicio de lo que ocurría en su entrepierna. Había colocado la costura del pantalón en la posición justa para que, con el suave traqueteo, la frotara entre los labios. Al darse cuenta, él no pudo evitar excitarse y su miembro oculto se hinchó en una firme erección equivalente a la del clítoris de ella.
– Debe de tener las bragas mojadas- pensó.
Y así era.
